Tacos al pastor
El taco más famoso de México: cerdo marinado en achiote y chiles, con piña, cebolla y cilantro sobre tortilla de maíz.
Las recetas más representativas de México, explicadas paso a paso. 8 platos típicos para cocinar en casa.
La cocina mexicana fue la primera del mundo declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, y con razones de sobra: sobre la base prehispánica del maíz, el chile, el frijol y el tomate se construyó un recetario de una profundidad que pocas cocinas alcanzan. Del taco callejero al mole de fiesta, todo tiene técnica, historia y carácter.
Aquí encontrarás los clásicos que puedes lograr en una cocina normal: tacos al pastor sin trompo, un guacamole a la altura, enchiladas de guajillo, pozole de olla grande y los antojos — quesadillas, elote, churros — que explican por qué México sabe a esquina y a comal caliente.
El taco más famoso de México: cerdo marinado en achiote y chiles, con piña, cebolla y cilantro sobre tortilla de maíz.
El guacamole mexicano de verdad: aguacate machacado con cilantro, cebolla, chile y limón.
Tortillas bañadas en salsa de chile guajillo, rellenas de pollo y coronadas con queso, crema y cebolla.
El caldo festivo de México: maíz pozolero y cerdo en un caldo de chiles, servido con lechuga, rábano, orégano y limón.
Tortilla doblada con queso fundido, dorada en el comal.
Masa frita crocante por fuera y suave por dentro, rebozada en azúcar y canela.
Chiles poblanos rellenos de queso, capeados en huevo y bañados en salsa de tomate.
Mazorca cocida untada de mayonesa, queso, chile y limón.
Con estos ingredientes en casa puedes cocinar la mayoría de las recetas de esta página. Anotamos dónde conseguirlos y con qué reemplazarlos si vives lejos.
Antes de licuar cualquier salsa, los tomates, tomatillos, cebolla, ajo y chiles frescos se asan en seco sobre un comal o sartén de hierro hasta que se les ampolla y ennegrece la piel. Ese quemado parcial es sabor, no descuido: aporta el fondo ahumado que distingue una salsa mexicana de un puré de tomate. Los ajos se asan con cáscara para que no se amarguen.
Los chiles secos se abren, se les quitan semillas y venas, y se pasan por comal caliente entre 15 y 30 segundos por lado, solo hasta que sueltan aroma. Un segundo de más y amargan toda la salsa. Después se remojan en agua caliente 20 minutos, se licúan con un poco de esa agua (o con caldo, si el remojo salió amargo) y se pasan por colador fino para eliminar los pellejos. Ese colado es la diferencia entre una salsa aterciopelada y una arenosa.
La salsa licuada no se usa cruda: se vierte en una olla con manteca o aceite bien caliente, retrocediendo por las salpicaduras, y se cocina moviendo entre 8 y 15 minutos. Cambia de color, se oscurece, espesa y pierde el sabor a chile crudo. Es el paso que separa unas enchiladas correctas de unas memorables, y aplica igual para adobos y moles.
El mejor punto de entrada a la cocina mexicana no es un mole de tres días, sino un buen guacamole y unas quesadillas en comal: te enseñan a manejar el aguacate, el queso que estira y el calor seco de la plancha, que es el aparato central de esta cocina. El siguiente paso natural son las enchiladas rojas, porque ahí aprendes el ciclo completo del chile seco —tostar, hidratar, licuar, colar, sazonar— que después reutilizarás en el pozole y en los adobos. Si compras tres cosas antes de empezar, que sean chiles guajillo, un comal o sartén de hierro y un buen limón. El resto se construye desde ahí.
El trompo aporta el asado vertical y el goteo de la piña, pero se puede imitar. Marina la carne de cerdo en rebanadas finas al menos 6 horas, apílalas apretadas dentro de un molde de pan alto, con rodajas de piña arriba y abajo, y hornea a 180 °C alrededor de una hora. Deja enfriar un poco, corta rebanadas verticales delgadas y termina cada porción en un sartén muy caliente para lograr los bordes crocantes. La versión rápida —marinar y saltear en sartén con trozos de piña— también sabe bien, aunque pierde la textura de capas.
Por tres causas frecuentes. La más común es haber tostado los chiles de más: pasan de aromáticos a quemados en segundos. La segunda es usar el agua del remojo, que concentra el amargor de las pieles; pruébala antes y, si amarga, licúa con caldo o agua limpia. La tercera son las semillas y venas, que además de picar aportan amargor. Si ya está hecha, una pizca de azúcar o de panela y un chorrito de vinagre ayudan a equilibrar.
El aguacate se oscurece por contacto con el aire, no por falta de hueso. Dejar el hueso encima solo protege la parte que cubre. Lo que funciona de verdad es el jugo de limón generoso y, sobre todo, eliminar el aire: alisa la superficie y presiona un plástico directamente sobre el guacamole, sin cámara de aire, antes de refrigerar. Así aguanta bien un día. Si lo preparas con mucha anticipación, mezcla el aguacate y guarda la cebolla, el cilantro y el tomate aparte para integrarlos al servir.