Ratatouille
El guiso provenzal de verduras: berenjena, calabacín, pimiento y tomate cocidos lentamente con hierbas.
Las recetas más representativas de Francia, explicadas paso a paso. 3 platos típicos para cocinar en casa.
La cocina francesa escribió la gramática de la cocina occidental — las técnicas, las salsas, el vocabulario — pero su corazón es doméstico: el guiso de verduras de la Provenza, la crepe de la Chandeleur, la crema quemada de bistró.
Estas tres recetas son puertas de entrada perfectas: la ratatouille que enseña a respetar cada verdura, las crepes que abren un universo dulce y salado, y la crème brûlée que demuestra que la elegancia máxima puede salir de cuatro ingredientes.
El guiso provenzal de verduras: berenjena, calabacín, pimiento y tomate cocidos lentamente con hierbas.
Finísimas y versátiles: la masa francesa que se rellena de dulce o salado.
Una crema de vainilla sedosa bajo una capa de azúcar caramelizada que cruje al romperla.
Con estos ingredientes en casa puedes cocinar la mayoría de las recetas de esta página. Anotamos dónde conseguirlos y con qué reemplazarlos si vives lejos.
Buena parte de la cocina francesa empieza cocinando cebolla, chalota, apio o puerro en mantequilla a fuego bajo, con una pizca de sal y a veces tapados, hasta que quedan translúcidos y tiernos sin tomar color. Ese paso, suer, extrae dulzor y humedad sin aportar amargor ni notas tostadas. Cuando la receta sí busca color, se habla de rissoler, que es otra cosa y otro fuego.
El ratatouille bien hecho no es un revuelto de verduras hervidas juntas. Cada una —berenjena, calabacín, pimiento, cebolla— se saltea por separado en aceite de oliva, a fuego medio-alto y con sal, hasta que esté dorada y tierna, y solo al final se reúnen con el tomate y las hierbas para un breve cocinado en común. Cada verdura tiene su propio contenido de agua y su tiempo: respetarlos es lo que hace que el plato tenga texturas distinguibles en lugar de una papilla.
Las cremas de huevo francesas se cuajan a baja temperatura y con calor húmedo. Se hornean dentro de una fuente con agua caliente que llegue a media altura de los moldes, a 150 o 160 °C, y se retiran cuando el centro aún tiembla ligeramente. En las cremas de olla, el punto se comprueba con la cuchara: se sumerge, se pasa el dedo por el dorso y si el surco se mantiene limpio sin que la crema lo cubra, está en su punto, alrededor de los 82-84 °C.
Las crepes son la mejor manera de entrar: una masa que se hace en cinco minutos, reposa mientras preparas el relleno y sirve tanto para una cena salada con jamón y queso como para un postre con mantequilla y azúcar. El ratatouille es el siguiente escalón y no tiene ninguna dificultad técnica, solo pide la disciplina de saltear cada verdura por separado, que es una lección aplicable a cualquier salteado del mundo. La crème brûlée, pese a su fama, es la más simple de todas en ingredientes —crema, yemas, azúcar y vainilla— y lo único que exige es paciencia con el horno y con el refrigerador. Si compras algo, que sea una vaina de vainilla de verdad.
Líquida significa que le faltó cocción o que la crema tenía poca grasa: necesitas al menos un 35%, y hornearla hasta que solo el centro tiemble. Granulada significa lo contrario, que se pasó de horno o de temperatura, y las proteínas del huevo se coagularon en grumos. Usa baño maría, temperatura moderada y vigila desde los 30 minutos. Y no olvides el frío: necesita al menos cuatro horas de refrigerador, mejor toda la noche, para terminar de asentar antes de quemar el azúcar.
Porque la sartén todavía no alcanzó su temperatura de régimen y la grasa no se ha repartido de forma pareja. Es tan habitual que en Francia se considera la crepe de sacrificio. Para minimizarlo, calienta la sartén a fuego medio varios minutos antes de empezar, engrásala con una servilleta apenas untada en mantequilla en lugar de echar un chorro, y deja reposar la masa al menos 30 minutos en el refrigerador: la harina se hidrata, el gluten se relaja y las crepes salen más finas y menos elásticas.
Con el gratinador del horno. Enfría muy bien las cremas, espolvorea una capa fina y uniforme de azúcar y coloca los moldes en una bandeja rodeados de hielo, para que el calor no vuelva a cocinar la crema. Métela en la parte más alta del horno con el gratinador al máximo y no te muevas de ahí: entre uno y tres minutos bastan, y el azúcar pasa de dorado a quemado muy rápido. Sirve dentro de los diez minutos siguientes, porque la costra se ablanda con la humedad de la crema.